II
PAUTAS DE BUEN CONVERSAR
En la páginas anteriores me referí largamente al tema de la conversación en torno a un relato escuchado durante la hora del cuento. Allí expliqué que esta actividad se halla conformada por dos instancias a las que llamé:
a) contar es encantar
b) conversar es acoger
Cada frase, respectivamente, responde a citas literales de Gabriela Mistral y Humberto Giannini. Pero, antes de referirme a las posibles pautas para que surja la conversación entre el lector y su oyentes, les entrego una breve advertencia. Para llevar adelante una hora del cuento con la intención de que ésta sea una verdadera situación de aprendizaje y no un puro entretener a aquellos que nos escuchan, es indispensable que preparemos esta actividad y no la llevemos a cabo improvisadamente. La clave para que fluya una conversación seria, rigurosa, sin que esto signifique que se halle exenta de alegría, de humor, de risa, está en que conozcamos de antemano , y muy a fondo, el cuento, poema, mito que leeremos. Esto significa:
a) que nosotros hayamos leído gozosamente el texto literario por el simple gusto de la lectura. Es difícil crear gusto por un texto que a nosotros no nos haya gustado.
b) Que lo hayamos analizado en profundidad, tratando de descubrir toda su riqueza literaria, lingüística y humanizadora (cuando digo esto último me refiero a cierto conocimiento de la situación de vida de las personas que me van a escuchar).
La lectura algo improvisada de un texto literario puede dar lugar conversaciones simpáticas, entretenidas, muy atrayentes para la persona que nos escucha, pero a menudo más superficiales que profundas con respecto a la hora del cuento que acá proponemos.
Antes de entregar pautas de posibles conversaciones, recordemos que somos mediadores entre el libro y el niño, y lo que el niño nos va diciendo en esta parte de la Hora del Cuento es más importante que nuestras preguntas o que nuestras sugerencias. Debemos escuchar muy bien a las personas que asisten al relato oral de modo que podamos cambiar nuestros esquemas de pensamiento cuando sus opiniones, sus interpretaciones del texto, sus ideas nos lleven por otro camino. A veces, el irnos por las ramas es más interesante que seguir un esquema rígido impuesto por nosotros. El ir y venir de la palabra, en una conversación, es parte de su atractivo. No podemos dirigir la conversación al modo de un director de orquesta, que tiene una partitura que debe seguir. Debemos estar muy atentos a las ideas que allí van naciendo, y recogerlas al vuelo cuando algo original, interesante, ha surgido. La palabra llega a los oídos como viento que vuela, que ni para ni reposa, y se aleja ligera si el corazón no nada al acecho, listo para cogerla. Estas hermosas palabras, tan sugerentes, se hallan en el epígrafe de una novela de Chrétien de Troyes, EL CABALLERO DEL LEÓN, de la Editorial Lumen, que conservé en una ficha pero sin sus datos bibliográficos. Y si la conversación va perdiendo interés -recordemos que a los niños les gusta contar anécdotas bien personales o irse en anécdotas de interés menor- podemos hacerles volver a los temas del cuento, respetuosamente, con frases del tipo “Recordemos los nos dice el texto” o “volvamos al texto (cuento, poema mito, etc.)
Acá entrego algunas sugerencias para estimular la conversación:
1.- Podemos iniciar el diálogo con frases muy sencillas al estilo de:
· -Les propongo, antes de comenzar a conversar sobre lo escuchado, que ustedes me digan qué impresiones han tenido ustedes mientras yo les leía.
· -A raíz de lo que dijo fulanito, ¿qué piensan, qué opinan ustedes?
O bien:
· -Tú dijiste tal cosa, ¿qué opinas sobre eso, qué piensas tú sobre eso?
Hay una gran diferencia entre el concepto “impresión” y el concepto “opinión”. Las impresiones están muy ligadas a nuestro mundo emocional: “me gustó”, “no me gustó”, “lo hallé lindo”, “me conmovió”, “me dio rabia tal cosa”. Pertenecen a lo que podemos denominar el gusto por algo. Es importante destacar estas impresiones, recibirlas con entusiasmo, pues en la base de nuestro trabajo pedagógico debe hallarse el deseo de abrir, crear el gusto por la cultura.
Recordemos las palabras de la Mistral, citadas más arriba: tratemos de dar el santo apetito de la cultura. Como dice ella refiriéndose a su tiempo (lo que es perfectamente aplicable a la educación de hoy en día), nuestra escuela trata de dar ideas antes de crear sensaciones, emociones, sentimientos. Si a nuestros niños y jóvenes les obligamos a aprender textos de memoria, conocimientos áridos para su edad, clasificaciones quizás innecesarias, mataremos en ellos la alegría de lo vivo, que es la base para iniciarse en el verdadero conocimiento. En esta etapa del aprendizaje, recojamos cuidadosamente, respetuosamente, las impresiones expresadas pues allí, de modo casi inconsciente, se da el paso de lo concreto a lo abstracto. El niño no tiene un pensamiento abstracto de términos tales como egoísmo, envidia, ambición. Necesita que lo llevemos de la mano a través de situaciones concretas tales como, por ejemplo, la comprensión de los rasgos del Gigante Egoísta, de la vanidad de la madre de Blancanieves.
Opinar es discurrir, pensar sobre algo. En un grupo, a medida que las personas comiencen a expresarse, irán naciendo las opiniones, y éstas pueden ser muy diversas. Pero en esta etapa de nuestro trabajo pedagógico, debemos ser rigurosos. Es indispensable que a la persona que expresa una opinión, se le pida argumentos basados en el tema que se está tratando; el pensamiento riguroso nace en la confrontación con el tema sobre el cual se discurre. En ese momento, no se puede decir cualquier cosas, hablar por hablar. Escuchemos con mucha atención las opiniones del grupo, dejando de lado nuestro modo de pensar, de ver el mundo. Sólo abriéndonos a las opiniones de los otros, buscando comprenderlas, podremos crear un debate serio, riguroso. Del mismo modo en que fuimos complacientes al escuchar las impresiones del grupo, ahora debemos pedirle, con dulce severidad, que las opiniones sean fundamentadas con argumentos sólidos, confrontados con los textos que leemos o estudiamos. Pero, ¡ojo!: este proceso necesita de tiempo, y de mucho tacto, de mucho tino de nuestra parte para que no se produzca miedo o irritación en la persona que da sus opiniones.
2.- “Acariciad los detalles”. Esta frase pertenece a un texto de Nabokov titulado “Consejos a los buenos lectores” y que uso permanentemente en mis talleres literarios; quedó grabada en mi memoria aunque No puedo dar mayores datos bibliográficos, pues no recuerdo dónde y cuándo la leí.
Una conversación rigurosa sobre un texto parte de lo textual, es decir, de lo que el texto mismo dice, de sus palabras, de sus frases, de sus signos, giros y ritmos a veces casi imperceptibles. Desde el texto mismo pueden nacer muchas lecturas, muchas interpretaciones. Me vienen a la memoria, por ejemplo, hermosos comentarios de niños y adolescentes que, en una hora del cuento, escucharon el poema de Rubén Darío, “A Margarita Debayle”, y que me hablaron sobre unos versos allí destacados por el grupo:
Éste era un rey que tenía
Un palacio de diamantes
Una tienda hecha de día
Y un rebaño de elefantes.
Las interpretaciones fueron muchas, muy pertinentes pero muy diversas, y todas centradas en los detalles del poema.
3.- Otra forma de iniciar la conversación es pedirles a niños y jóvenes que nos cuenten, con lindas palabras, el comienzo del cuento, o el desenlace, u otros fragmentos que les hayan interesado. Todas las partes de un texto literario son susceptibles de abrirse en muchísimos significados y, una vez que éste ha sido escuchado en su totalidad, ya ha desparecido en el lector la tensión por saber lo que viene. Ahora nace el deseo de comprenderlo más a fondo.
A los pequeños, en particular, les encanta contar partes del cuento, y si les pedimos que se transformen ellos en “narradores orales”, mejor lo harán. Ellos no tienen el tonto sentido del ridículo que tienen los mayores, que creen que hablar bien, usar un vocabulario más rico, es “siútico”, cursi, o cosas por el estilo. Durante la conversación, y escuchando muy atentamente a los niños, podemos aumentar y corregir su vocabulario respetuosamente, usando la palabra correcta cuando ellos cometen errores, pidiéndoles juguetonamente sinónimos de palabras que solamente entienden algunos, o pidiéndoles sus interpretaciones. En estas conversaciones, como ya hemos dicho, es importante cuidar siempre nuestro tono, nuestro modo de hablar, para no crear nunca inseguridad ni miedo en los que nos escuchan y así dar lugar a que la conversación fluya.
4.- En ciertas ocasiones, antes de finalizar nuestra conversación, es interesante invitar a los auditores, a contar anécdotas, hechos de la vida real, que puedan guardar una relación importante con el texto. En este momento, pueden nacer excelentes relatos de hechos reales que conectan a las personas con situaciones vividas, problemas de la vida que las han afectado en buen o mal sentido; acá, niños, jóvenes y adultos tienen la posibilidad de ex -presarse, sacar afuera sus miedos, temores, sentimientos que los han afectado y que surgen por identificación, a veces inconsciente, con personajes o situaciones del texto literario.
5.- Para finalizar la hora del cuento, muchas veces hago una muy breve relectura, a partir de los pedidos de los niños:
-Les propongo, para terminar la hora del cuento, releer algo muy, pero muy breve, que les haya gustado.
Al pedirles a los que nos han escuchado que nos digan qué les gustaría como relectura, a menudo se da el hecho de que tres o más piden el mismo fragmento
Y, así
Colorín, colorado
Este cuento ………… no ha terminado
pues podemos seguir leyéndolo, o conversando sobre él.
FIN
ESQUEMA
· Pedir al grupo sus impresiones
· Pedir al grupo opiniones
· “Acariciad los detalles”: recoger palabras, frases del texto que puedan sugerir interpretaciones diversas
· Pedir a los auditores que narren partes del texto literario escuchado, con el fin de aumentar vocabulario y comprensión del mismo.
· Pedir relatos, anécdotas de la vida real, que guarden relación con el texto literario escuchado
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