Conversación en torno a un relato oral
Niños, libros, bibliotecas
(Nota: los fragmentos en negritas son las partes del texto que creo importantes para el trabajo del Ministerio.)
La HORA DEL CIUENTO (H,del C.) ([1]) ha sido para mí, profesora ya jubilada, una de las actividades profesionales más atrayentes en esta etapa de mi vida, y que sigo cultivando.
He llevado a cabo esta actividad en bibliotecas escolares con niños y adolescentes, y también con adultos diversos: profesores de básica y media, padres que acompañan a sus hijos, hermanos mayores que vienen con sus hermanos menores, monitores o personas a veces no profesionales que desean realizar la hora del cuento, y siempre, un poco más, un poco menos, he observado como nace en los grupos una linda relación humana de alegría, comunicación, curiosidad, libertad, en la cual todos nos enriquecemos en esta actividad cultural exenta de todo tipo de competencia, exitismo, desafíos.
Antes de entrar a mi tema de este momento, la conversación en torno a relatos orales escogidos cuidadosamente pensando en las personas a quienes los dedico, entrego una breve explicación sobre lo que quiero decir al hablar de la H. del C. Esta actividad se halla conformada por dos partes a las que he llamado de la siguiente manera:
a) Contar es encantar.
b) Conversar es acoger
La primera frase, contar es encantar, pertenece a Gabriela Mistral, cosa que ya bien conocen mis lectores. Hoy me referiré a la conversación, partiendo de la frase de Humberto Giannini: Conversar es acoger
En la conversación se completa el sentido pedagógico que buscamos en la H.del C. A través de ella, vamos creando en niños y adolescentes la apetencia de leer, el gusto por el libro, la apertura a un mundo cultural que se abre y ensancha la visión de las personas hacia nuevas realidades, y desarrolla la imaginación y el humor, virtudes que alivianan la vida.
¿Por qué conversar?
Conversar es acoger dice Humberto Giannini en su hermoso libro llamado LA REFLEXIÓN COTIDIANA([2]). libro que les recomiendo particularmente. Por momentos su lectura se hace algo difícil, pero vale la pena el esfuerzo, pues contiene reflexiones profundas sobre nuestro vivir cotidiano, nuestras costumbres, rutinas, nuestro encuentro con el otro, las conversaciones con personas de todas las edades, y muchos otros temas que enriquecen nuestra sencilla experiencia de cada día, y nuestra calidad de vida emocional, social, intelectual, cognitiva.
En la conversación que sigue al relato del cuento y donde buscamos que niños y adolescentes se expresen del modo más auténtico posible, es fundamental que prevalezcan el respeto y la tolerancia en las relaciones humanas, condiciones indispensables para la expresión libre de cada persona. Una vida interior, dice Giannini, necesita ex-presarse, necesita ser rescatada permanentemente de su interioridad a fin de que pueda vivir como interioridad libre, racional."([3]) En este sentido, la expresión de nuestro mundo interior, acogida por los otros en un ambiente de cariño y respeto, da lugar al crecimiento de cada uno de nosotros y al desarrollo de la autoestima de las personas, indispensable para entrar al mundo abierto de la sociedad, por oposición al mundo protegido de nuestros pequeños núcleos familiares y sociales. Por ello es tan importante que estos espacios destinados a la hora del cuento, espacios acogedores y ojalá silenciosos, den lugar a una expresión libre que nos fortalezca de nuestras inseguridades y temores y nos permita entrar con vigor y entusiasmo al ancho mundo, sin sentirlo como "ancho y ajeno", como reza el hermoso título de una de las novelas de Ciro Alegría: EL MUNDO ES ANCHO Y AJENO .
Refiriéndose a la necesidad de ex-presar nuestro mundo interior, dice Giannini:
... hay una experiencia de vida -apreciaciones, impresiones, sentimientos apenas formulados, juicios a medio pensar, etc., experiencia acumulada en el tiempo lineal del trámite, arrinconada y fragmentada por el engranaje diario de lo "que hay que hacer". Pues bien, es a esta experiencia de vida a lo que más propia y principalmente podría llamarse "vida interior": al denso silencio de lo no formulado. ([4])
Descubrir y expresar esta vida interior, afirma el filósofo, y exponerla ante el otro que nos acepta y acoge, se transforma en acto liberador, ejercicio de la libertad que nos permite salir a la gran aventura de la vida con valentía y seguridad exentas de prepotencia o torpe complacencia de uno mismo, rasgos de un modo de ser individualista que tan frecuentemente nacen del no mirar al Otro.
Pero, el acoger de verdad al otro supone un previo trabajo de nuestra interioridad, una larga introspección que nos permita comprender si, al oír al otro, somos capaces de dejar a un lado nuestros pensamientos, nuestro modo de ver las cosas, nuestro ritmo de comprensión, que quizás es más rápido que el ritmo de la persona (niño, joven, a veces adulto)que se halla en un proceso de aprendizaje.
Hagamos de nuestras conversaciones con niños y adolescentes un verdadero banquete de palabras; a los pequeños, particularmente, les encantan las palabras, les gusta repetirlas, juguetean con ellas. Hagamos que nuestra conversación con ellos se transforme en una tranquila aventura de la conversación, como dice en alguna parte Borges, maestro en la conversación.
Tranquila aventura. Borges apunta reiteradamente a la importancia de que en este acto del buen conversar, nuestro tono sea sencillo, modesto, exento de pedantería. No tratemos de exhibir lo que conocemos, no pontifiquemos. El saber es amplio y nunca llegaremos a ser dueños de la verdad. Para Borges, la conversación es un género literario comparable a la poesía. En una verdadera conversación, las personas se dicen a los demás. Y en este decirse, expresarse, nace la tranquila aventura, pues no sabemos lo que puede surgir al azar del diálogo. Allí germinan ideas nuevas que brotan de cualquier persona del grupo.
Es importante que, en nuestras conversaciones, estemos muy atentos para escuchar bien lo que allí surge, pues a menudo nosotros, ustedes y yo, que quizás creemos saberlo todo, aprenderemos de nuestros alumnos, pequeños y grandes, cosas que nunca habíamos pensado. La experiencia de muchos años como profesora, me ha demostrado la verdad de esto que les digo. Ustedes, los que me leen, pongan en práctica este método participativo, centrado en la conversación, si aún no lo han hecho. Estoy segura que sentirán, al igual como me sucede a mí, el placer de enseñar que allí nace.
Pero, solamente me queda por decir: -¡Paciencia! Una verdadera conversación con nuestros niños y jóvenes, y e incluso adultos, no nace de la noche a la mañana. No estamos acostumbrados a conversar. En las casas, en general, no se conversa. Por experiencia digo que una verdadera conversación en nuestras horas del cuento se comienza a dar luego de dos o más meses de práctica. Difícilmente antes, a no ser que se trate de personas que vienen de ambientes donde hay conversación en la familia, o casos aislados de niños con especial sensibilidad y curiosidad.
Atención pido al silencio / y silencio a la atención
Las palabras de este subtítulo pertenecen a dos versos del bellísimo poema gauchesco de José Hernández, escritor y poeta argentino del siglo XIX, MARTÍN FIERRO ([5]). El libro está conformado por dos partes: I. El gaucho Martín Fierro, II La vuelta de Martín Fierro. Esta segunda parte se introduce con los versos que el gaucho Martín Fierro dirige a su auditorio, a quien le contará la continuación de su historia iniciada en las páginas anteriores, narrada como autobiografía suya:
Atención pido al silencio
Y silencio a la atención,
Que voy en esta ocasión,
Si me ayuda la memoria
A mostrarles que a mi historia
Le faltaba lo mejor.
Estas palabras, centradas en la importancia del atender, observar, escuchar al otro, son de importancia básica para llevar a las personas a una conversación del modo propuesto por Giannini, es decir, la posibilidad de ex - presarnos desde nuestra interioridad profunda.
Pero, cuidemos el significado que queremos darles a nuestras palabras, para que los que nos escuchan entiendan el sentido de lo que les decimos. Para ello, les transcribo conversaciones recogidas en horas del cuento, algunas con niños, otras con adultos, a partir de estos dos versos de Martín Fierro, que uso siempre al inicio de las horas del cuento, y a veces intercalo durante la conversación cuando observo que las personas se distraen:
Los profesores a menudo decimos a los niños frases como "atención", "pongan atención", "atiendan ahora". Les entrego acá diálogos con niños y niñas de tercero y cuarto año de básica, a raíz de estos versos, que fueron grabados y conforman parte de mi libro el título HORA DEL CUENTO. Allí uso las siglas P. profesor; A. alumno.
P.- ¿Qué se entiende por atención?
A.- Atender.
P.- Claro, de acuerdo; pero busquemos alguna palabra que diga lo mismo, pero sin usar ni la palabra atender, ni la palabra atención. Busquemos palabras diferentes a atender y que signifiquen lo mismo.
Las respuestas se suceden.
A.- Atender es oír.
A.2.- Atender es estar en silencio.
P.- Sí, pero podemos estar en silencio, pensando en algo muy entretenido, mientras oímos a una persona que nos habla, y al final no sabemos lo que dijo esa persona.
Sigue el diálogo
A.- Atender es mirar a la persona que nos habla
P.- Quizás, pero también podemos mirar a la persona que habla, sin escuchar lo que dice.
As. (silencio)
P.- Para tocar piano, ¿qué parte de nosotros usamos?
A.- Las manos.
P.- Para jugar fútbol, ¿qué parte de nosotros usamos?
A.- Los pies.
Y así podemos seguir nuestro diálogo, sin pretender que a través de él se dé un rigor intelectual a las palabras o frases, sino únicamente que nazca allí un cierto acuerdo en el lenguaje que usamos.
P.- Y para atender, ¿qué parte de nosotros usamos?
A.- La cabeza.
A.2.- La mente.
A.3.- El pensamiento.
A.4.- La imaginación
Esta conversación medio juguetona nos lleva a reflexionar sobre el tema, tan importante en la educación del niño, como es el desarrollo de su capacidad de atención. El arte de narrar conlleva el arte de escuchar, tan perdido en nuestros días.
Este tema del atender, preocupación esencial en mi modo de entender hoy la educación, es motivo de profunda reflexión:
¿Atendemos bien a lo que nos dicen los niños?
¿Observamos bien lo que les sucede a ellos?
El año pasado tuve la suerte de escuchar en un retiro de Semana Santa una charla de Tony Mifsud, sacerdote jesuita, charla publicada también por el Centro de Espiritualidad Ignaciana bajo el título SEMANA SANTA IGNACIANA ([6]). El tema de la distracción, central en las palabras de Mifsud, se halla tratado en un capítulo titulado ANDAR DISTRAÍDO POR LA VIDA. El autor define así la distracción:
Distracción es desviar la atención cuando se tiene que atender a algo específico; es no concentrarse en lo que se está haciendo. Entonces, una distracción, en el fondo, consiste en perder de vista lo importante, confundiendo lo secundario con lo primario. ([7])
Estas palabras, desde aquel momento en que las escuché, ensancharon con creces mi pensamiento educacional y me fueron de gran utilidad durante el año pasado (2011) con un quinto año de básica del colegio Padre José Kentenich, en Puente Alto, que venía a una hora del cuento semanal y cuyo comportamiento era muy difícil. Relato una anécdota que resume la situación que me hizo reflexionar sobre el tema de la distracción: un niño, durante la lectura que hacía del cuento, comenzó a hacer morisquetas a otros, lo cual desataba la risa del grupo. Traté de ignorar el hecho, pero finalmente, como me distraía de lo que leía, le explique al chico que no podía concentrarme y que si su actitud se repetía, tendría que pedirle que saliera del grupo. Éste volvió a lo mismo, y cumplí mi palabra. Al final de la sesión lo llamé y tuvimos una pequeña conversación:
Yo: ¿Comprendiste bien por qué te hice salir del grupo?
Él (sin mirarme, y molesto): Yo no estaba hablando
Yo: yo no te he dicho que estabas hablando, te expliqué que tus gestos al grupo me hacían perder la atención. (El chico insistía en que ni él ni los otros habían hablado).
Me he detenido en esta anécdota que me hizo volver a las palabras de Mifsud, andar distraído por la vida. La distracción es un problema de todos nosotros: nos distraemos en las conversaciones, nos distraemos en una charla, nos distraemos frente al otro y casi no lo vemos. Nos distraemos en la vida: caminamos sin ver aquello que nos rodea. Perdemos de vista lo que hay de importante, en un momento dado, y confundimos lo secundario con lo esencial
La atención, por oposición a la distracción, es una disciplina de vida. Nuestros niños chilenos no son educados en la atención. Lo ha dicho en bellas y profundas palabras Gabriela Mistral, lo han dicho pensadores como Claudio Matte, Miguel Luis Amunátegui. En general, en nuestras escuelas se enseña al niño a repetir, a memorizar, pero no se enseña a pensar, a reflexionar, a observar.
Somos mediadores (“Corazón inteligente”)
En la hora del cuento, la conversación libre, acogedora, atenta con niños y adolescentes, en torno a un libro, es una actividad en que, más que profesores, somos mediadores entre el libro y la persona que escucha
En un espacio tranquilo, sencillo, silencioso, espacio que puede ser una biblioteca escolar, una sala de libros, u otro lugar, el niño o adolescente no es un alumno, es sólo un lector acompañado de la mano de un mediador que le muestra el libro, que lo ayuda a ver en él sus riquezas humanas, linguísticas, que le da vida a las palabras que el niño, en particular, ama tanto desde el momento en que ellas le son presentadas, pronunciadas.
Para relacionarnos con niños y adolescentes en su afán de leer, de comprender lo que sucede en el objeto-libro, los adultos que vivimos este momento no somos el profesor que pone notas, ni menos el juez que emite juicios; somos solamente el compañero de ruta que ayuda a que la palabra circule entre grandes y auditores de cualquier edad, a que allí nazca la tranquila aventura de la conversación; somos los observadores discretos, por momentos silenciosos, que ayudamos al otro a que saque afuera sus impresiones y opiniones, a que se exprese libremente desde su interioridad al calor de esta nueva relación humana. No somos el que tiene la última palabra, somos quienes tratan se sensibilizar a las personas que nos acompaña más que de capacitarlas.
En un hermosísimo libro reciente de Geneviève Patte ([8]), bibliotecaria y escritora francesa, hay un capitulo magistral para comprender el papel del mediador, que se titula “El corazón inteligente”, expresión que la autora toma de Hannah Arendt . Acá, Patte se refiere particularmente al inicio del pequeño en el gusto por el libro. En nuestro ambiente cultural chileno, me atrevería a decir que estas palabras nos sirven en el trato no sólo con pequeños, sino también con adolescentes y muchas veces adultos:
El niño es feliz de ser el centro de nuestra discreta atención, que lo reconforta. A su lado, observamos con simpatía, sin emitir juicios, sin voluntad de control. Le dejamos al niño lector sus múltiples interpretaciones, aun cuando nos desconcierten, aún cuando no parezcan ir “conforme a la intención del autor”. Esto es precisamente lo que nos interesa. El niño que lee o escucha una historia es sujeto; es, a su modo, autor. Dejémosle la libertad de vivir el relato como él lo desee, como él lo necesite. “No es la intención del autor lo que cuenta, sino lo que los lectores leen”, dice Paul Ricoeur” ([9])
Pero, como decíamos más arriba, los que deseamos llevar a cabo con las personas una relación de este tipo de aprendizaje, debemos sufrir nosotros una casi conversión en nuestro modo de entender la educación. No somos dueños de la verdad. La verdad puede salir de cualquier parte, de boca de los niños o adultos de menor nivel cultural, o de profesores. La verdad y la razón son patrimonio de todos, y ambas pertenecen por igual al que habló antes y después, como dice Montaigne, ensayista francés del siglo XVI, en un excelente ensayo sobre la educación ([10]). No queremos que el otro repita lo que decimos nosotros; más bien, queremos escuchar atentamente lo que él dice, y cómo lo dice; queremos que él hable desde su interioridad, se exprese libremente, para entrar en una conversación franca, espontánea en la que, al azar del diálogo, vaya dándose esta linda aventura del buen conversar. Más aún, queremos, siguiendo el pensamiento de Ricoeur en la cita de Patte, que el que nos acompaña, con su interpretación libre, espontánea, se convierta en autor del texto más que lector.
Mucha razón tiene Gabriela Mistral, al decir que La escuela debiera preocuparse de dar el santo apetito de la cultura; pretender dar una cultura es vanidad ([11]) Crear el apetito de la cultura, la curiosidad, el deseo de aprender, debiera ser la primera, segunda y tercera etapa del aprendizaje de las personas de cualquier edad, y tengo la certeza de que la conversación en torno a un relato oral escogido adecuadamente según el grupo a quienes dirigimos la Hora del cuento, tiene muchas posibilidades de crear la apetencia y ganas de leer.
[1] Angélica Edwards Valdés, Hora del cuento, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 2008
[2] Humberto Giannini, La reflexión cotidiana, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1987
[3] Humberto Giannini, obra citada p. 82
[4] Humberto Giannini, obra citada p. 82
[6] Tony Mifsud, S.J., Semana Santa Ignaciana (Centro de Esíritualidad Ignaciana Compañía de Jesús (CEI)
[8] Geneviève Patte, “2.El corazón inteligente” en ¿Qué los hace leer así? Los niños, la lectura y las bibliotecas, Fondo de Cultura Económica, México, 2011
[9] Geneviève Patte, obra citada, P. 56. (La cita de Paul Ricoeur es de la obra L¨ Unique et le singulier, Paris, Alice, 1999) La negrita es mía
[10] Miguel de Montaigne, “De la educación de los hijos”, Capítulo XXV, en ENSAYOS, Madrid, EDAF, 1971, pp. 138-170.
[11] Gabriela Mistral, MAGISTERIO Y NIÑO, Santiago de Chile, Andrés Bello, 1979, p. 172
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